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Sunday, July 25, 2010

CELEBRAD, Y EN MEDIO DE LA CELEBRACIÓN, ANIQUILAD


Era el 19 de agosto de 1572, cuatro días antes del ataque relámpago. La masacre de San Bartolomé, el complot para aniquilar al protestantismo en Francia, había sido preparada en absoluto secreto. Las naciones desprevenidas celebraron con una gran fiesta el astuto arreglo de la boda entre la hermana del rey y el líder protestante, Enrique de Navarra. La celebración duró cuatro días. Luego, en el silencio monótono de la noche, sonaron las campanas. Los soldados comprendieron la señal. Había llegado el momento de tomar la sartén por el mango. Miles de protestantes dormían tranquilamente en sus hogares confiando en la promesa del rey. Los soldados forzaron las puertas, arrastraron a los protestantes y los mataron a sangre fría. El almirante Coligny, un guerrero protestante, fue horriblemente mutilado. La masacre continuó con una furia inconcebible. Dos meses más tarde, setenta mil de la crema de la nación había perecido.
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El Vaticano celebró con tres vivas de Vasari honrando el evento, describiendo el ataque al almirante, la conspiración para la masacre en el concilio del rey y la misma masacre. Con una medalla y una estampa como recuerdo ensalzando el evento para que no quedara en el olvido, Roma no ha olvidado la fórmula eficaz: Celebrad, y en medio de la celebración, aniquilad. “El uso de excitación carismática con el propósito de inducir un cambio teológico y experimental es muy antiguo. Comentando el uso de este fenómeno en las religiones ocultas de Babilonia, Alexander Hislop nota: “Todo fue concebido como para impulsar las mentes de los novatos hacia el más elevado grado de excitación que, después de haberse sometido implícitamente a los sacerdotes, éstos estarían preparados para recibir cualquier cosa” (Las dos Babilonias, p. 67).
Ambas Babilonias, la antigua y la moderna, ven el papel de excitación emocional del movimiento carismático (de celebración), como la herramienta psicológica para someter la voluntad del creyente al ministro del Señor, por medio de la cual se puede efectuar un cambio práctico y teológico en la conducta en el culto.

Dentro del adventismo del séptimo día existe un punto divisorio crucial entre los que aceptan ávidamente el movimiento de celebración y los que resueltamente lo resisten. La abnegación, que es una enseñanza fundamental de Jesucristo, es el punto de división.

Los que rechazan el principio de negar y crucificar al yo en la vida cristiana y que se han acostumbrado a ser autoindulgentes (no importa cuan sutilmente), encuentran que sus almas responden a la dimensión mundana del movimiento de celebración, con entusiasta aprobación.
Los que han aceptado los principios de Cristo de abnegación y crucifixión del yo, están horrorizados por lo que está sucediendo alrededor de ellos en el movimiento de celebración.
El mundo está inundado de autoindulgencia. La cultura que nos rodea, está completamente saturada de ella. Los que han bebido o aceptado este principio de autoindulgencia, están entusiasmados con la idea de una religión “celebración” y un servicio que ya no reprueba la mundanalidad y la autoindulgencia, sino que la apoya y la incorpora como un elemento fundamental en el servicio a Dios.

Nuestro mensaje debe ser más puntual que el de Juan el Bautista para despertar al mundo de su autoindulgencia y estupor mortal.

“Por el camino a la muerte puede marchar todo el género humano, con toda su mundanalidad, todo su egoísmo, todo su orgullo, su falta de honradez y su envilecimiento moral. Hay lugar para las opiniones y doctrinas de cada persona; espacio para que sigan sus propias inclinaciones y para hacer todo cuanto exija su egoísmo. Para andar por la senda que conduce a la destrucción, no es necesario buscar el camino, porque la puerta es ancha; y espacioso el camino, y los pies se dirigen naturalmente a la vía que termina en la muerte.

“Por el contrario, el sendero que conduce a la vida, es angosto, y estrecha la entrada. Si nos aferramos a algún pecado predilecto, hallaremos la puerta demasiado estrecha. Si deseamos continuar en el camino de Cristo, debemos renunciar a nuestros propios caminos, a nuestra propia voluntad y a nuestros malos hábitos y prácticas. El que quiere servir a Cristo no puede seguir las opiniones ni las normas del mundo. La senda del cielo es demasiado estrecha para que por ella desfilen pomposamente la jerarquía y las riquezas; demasiado angosta para el juego de la ambición egoísta; demasiado empinada y áspera para el ascenso de los amantes del ocio. A Cristo le tocó la labor, la paciencia, la abnegación, el reproche, la pobreza y la oposición de los pecadores. Lo mismo debe tocarnos a nosotros, si alguna vez hemos de entrar en el paraíso de Dios” (El discurso maestro de Jesucristo, pp. 117, 118). (íd., p. 22)


Victorious Living Ministries
PO Box 1685 Clifton - CO 81520

LOS JESUITAS ENTRE NOSOTROS

Celebrad, y en medio de la celebración, aniquilad. . . . . . . . . . . . . . . . .10
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Wednesday, October 21, 2009

La Noche de San Bartolomé


Las Guerras de Religión Francesas, fueron enfrentamientos políticos y sociales que tuvieron lugar en Francia, desde 1559 hasta 1598, provocados por la debilidad de la dinastía Valois ante el conflicto religioso y la rivalidad aristocrática, durante los cuales tuvo lugar el acceso de la Casa de Borbón al trono francés.


EL ORIGEN DEL CONFLICTO

A pesar de la constante persecución, el calvinismo tuvo un fuerte impacto en las ciudades, las universidades y la nobleza de la Francia de principios del siglo XVI. La evangelización protestante era coordinada por un grupo de predicadores procedentes de Ginebra, enviados por Juan Calvino.

El rey Enrique II prohibió el protestantismo, pero su repentina muerte (en junio de ese año) fue interpretada por los reformadores como una señal del favor divino, y el número de conversiones se multiplicó. El trono pasó al hijo de 15 años de Enrique, Francisco II, que estaba manipulado por la católica familia de Guisa, especialmente por Francisco de Guisa y el cardenal de Lorena, quienes decidieron continuar con la campaña de persecución protestante iniciada por Enrique II, pero no pudieron evitar una intriga para secuestrar al Rey, la denominada conjuración de Amboise, preparada por la nobleza en marzo de 1560, que acabó en fracaso. A partir de entonces, los nobles protestantes, responsables de la misma, fueron llamados hugonotes.

Después de la muerte de Francisco I y de su inteligente hermana, los reyes de Francia trataron de restaurar el catolicismo romano. Entre tanto el grupo minoritario protestante -los hugonotes- se había convertido en partido político. Pronto los hugonotes contaron con algunos nobles destacados: Enrique de Navarra, Antonio de Borbón, el almirante Coligny y Luis de Condé, el mejor general de Francia en ese tiempo. En 1562 estalló en Francia una guerra civil religiosa intermitente.

Se debió a causas políticas y religiosas, y duró hasta 1594. El acontecimiento más destacado de ella fue la sangrienta matanza de San Bartolomé en agosto de 1572. Cuando los dirigentes de los hugonotes vinieron a París para asistir al matrimonio de su rey Enrique de Navarra, miles de ellos fueron asesinados junto con muchos millares de otros hugonotes. Este triste dia se conoce como: La Noche de San Bartolomé

Al hugonote Enrique, rey de Navarra y nieto de Margarita, se le ofreció la corona de Francia con la condición de que abjurara del protestantismo. Lo hizo por motivos políticos; pero durante su reinado, como el primero de la dinastía de los Borbones (1589-1610), favoreció a los hugonotes nombrándolos como ministros y mensajeros.

En 1598 promulgó el edicto de Nantes, que con sobrada ventaja fue el decreto más liberal concedido hasta ese entonces en la Europa occidental. En él se declaraba que la religión católica era la religión nacional, pero concedía un notable grado de libertad a los hugonotes. No se los perseguiría más debido a la religión, pero no se permitiría la celebración de servicios religiosos de los reformadores en París o dentro de un radio de 35 km.

El decreto asignaba ciudades de refugio para los hugonotes, a quienes también se les daba el derecho de desempeñar cargos públicos. Enrique IV acababa de trazar con su ministro Sully un plan de paz y comprensión general, al que se denominaba el "gran proyecto", cuando fue asesinado por Ravaillac, un monje fanático, en 1610. El edicto de Nantes fue parcialmente abrogado por el cardenal Richelieu en 1628 y completamente revocado por Luis XIV en 1685.
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