Wednesday, August 3, 2022

Católicos contra protestantes


Ninguna religión es perfecta y ningún país es perfecto. Que cada uno elija lo que mejor le va.



La escena emblemática de la película Carrozas de fuego, en la plya Saint Andrews, de Escocia.


Actualizado al 30/07/2022 22:01


Una de las ventajas de viajar es que estrecha la mente y endurece los prejuicios. Te ayuda a confirmar que los franceses son odiosos, por ejemplo, o que los alemanes son fríos o que los estadounidenses son idiotas. Y que tu país es el mejor del mundo.

O que tu país es un desastre y que todos los demás son superiores.

Yo acabo de estar en Escocia, impulsado en primer lugar por el deseo de huir del horno veraniego español. Funcionó. Tras dos horas y media de vuelo pasé de los 38 a los 15 grados, de sol a cielos grises, de agobiante humedad a deliciosa llovizna.

Pero fui también con una misión de fondo. Hace tiempo que creo que cuanto más al norte vas en las islas británicas, más encantadora es la gente; que los escoceses son más simpáticos que los ingleses. Viajé a Escocia con el propósito de confirmar mi idea fija. Ya era hora. Mi padre era de allá pero yo apenas conocía el país. Mi prejuicio se basaba, como todo buen prejuicio, en la ignorancia.

Por supuesto que logré mi objetivo. Empezando por el policía que revisó mi pasaporte en el aeropuerto de Edimburgo, siguiendo por los que me atendieron en los bares y en los trenes y en los taxis, todo el mundo rebosaba sentido del humor. Si alguien me trató mal durante los cinco días que recorrí este pequeño país, me olvidé. Como con mis ideas políticas, estaba alerta a todo lo que las apoyaban y descartaba todo lo que no.

Aburriré a mis amigos toda la vida con el recuerdo de un breve episodio que me sirve como prueba irrefutable de mi tesis escocesa. Ocurrió en la mágica ciudad de Saint Andrews, en la enorme playa donde se filmó la escena más memorable de la película Carrozas de fuego. Hacía frío, hubo viento y nubes. De repente vi que se me acercaban un par de parejas cargando toda la parafernalia playera que uno esperaría ver estos días en la Costa del Sol: cestas de picnic, sillas plegables y -por el amor de Dios- sombrillas.

Los miré con lo que debía haber sido una descortés curiosidad ya que una de las señoras se vio obligada a decirme algo. No. No se enojó. No me espetó, como podría haber sido el caso en una playa del sur de Inglaterra, ¿Qué mirás? La señora me dijo: “Estamos haciendo como si hubiera sol”. Y agregó, con una sonrisa pícara: “Es increíble de lo que es capaz la mente humana”.

Prejuicio más que confirmado: no solo yo me carcajeé sino que los tres con la señora también. Hay pocas cosas más seductoras que la capacidad de la gente de reírse de sí misma.

Tengo otro prejuicio, más amplio y profundo, que va más allá de Gran Bretaña, pero que Escocia también me ha servido para afirmar. Que la gente de los países católicos es más simpática que la de los países protestantes, que disfrutan más.

La ciudad que más me gustó de Escocia fue Glasgow. Glasgow es elegante sin pretensiones; Edimburgo -de ambiente más inglés, más tieso- es elegante con pretensiones. Glasgow es mitad católica; Edimburgo, casi toda protestante. Escocia, además, tiene un porcentaje mucho más alto de católicos que Inglaterra.

Pero vayamos más lejos. ¿Quién sabe vivir mejor, los italianos y los españoles o los alemanes y los suecos? ¿Dónde es más agradable el día a día, en el Mediterráneo o en el Báltico? Todos sabemos las respuestas. Y no es una cuestión de sol. La prueba más definitiva de ello está en el norte de Irlanda, donde la población se divide mitad y mitad entre católicos y protestantes. He estado muchas veces en Belfast y, como muchos visitantes de fuera, he comprobado una y otra vez que los católicos son una risa; los protestantes, sosos, precavidos, cerrados.

Ya sé lo que están pensando. Que, en cuanto a orden y prosperidad, los países protestantes están, como regla general, a años luz de los católicos. No hay más que comparar México con Estados Unidos. Conozco bien la frontera entre los dos países. Vas de San Diego a Tijuana y pasas, en un parpadeo, de una ciudad tan prolija como una sala de cirugía a un caos de ruido y mugre.

Nunca olvidaré la escena que me esperó una vez en Tijuana nada más llegar: un mar de estatuas en venta, de plástico o de porcelana, de la virgen de Guadalupe y un señor sin piernas montado en una plataforma de madera con rueditas que se acercó a la ventana de mi auto a pedirme limosna.

Otra variación de lo mismo: Ciudad Juárez y El Paso. Comparten el mismo desierto y se ve bien claro del lado mexicano, pero cruzas al lado estadounidense y lo primero que te asalta los ojos, de un verde luminoso, es un campo de golf. Y ni hablar, claro, de la corrupción, de la ausencia de ley en México. El Trump mexicano, Andrés Manuel López Obrador, comete barbaridades con impunidad. El Trump Trump debe responder por las suyas ante el Congreso y, probablemente, ante los jueces.

Si tuviera más tiempo y más espacio, si estuviera escribiendo un libro en vez de una columna, me explayaría sobre la ética protestante del trabajo, compararía la liturgia más terrenal protestante con la más mística católica, reflexionaría que Lutero patentó el protestantismo como respuesta al pecado endémico, la corrupción rampante, del Vaticano. Pero ya que, encima, estoy a punto de tomarme un mes de vacaciones y estoy de vuelta en España y el sol me está hirviendo los sesos, me limitaré a decir que ninguna religión es perfecta y que ningún país es perfecto y que cada uno elija lo que mejor le va.

Para mí, muy consciente desde una temprana edad que la muerte está a la vuelta de la esquina, la ética católica de la calidad de vida es la mejor. Con todos sus defectos, prefiero la forma de ser de los lugares tradicionalmente papistas. Entre Glasgow o Londres, no hay color. Si me lo pusieran más difícil, si me dijeran que tenía que vivir el resto de mis días o en México DF o en Washington DC, me lo pensaría un poco. Pero al final optaría, no lo duden, por el desmadre del sur.


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