Sunday, June 22, 2008

EL LEVIATÁN ADVENTISTA

viernes 6 de julio de 2007

EL LEVIATÁN ADVENTISTA, Edegard Silva Pereira*.

Me resulta interesente compartir el EPILOGO del libro “EL LEVIATÁN ADVENTISTA. Análisis sociológico de la forma de gobierno de la Iglesia Adventista del Séptimo Día”. Escrito EDEGARD SILVA PEREIRA* y traducido del original portugués por Erwin Eulner. Podemos estar o no de acuerdo con sus conclusiones pero creo relevante traerlas a la consideración de todos. MF.


El análisis de la forma de gobierno de la
Iglesia Adventista del Séptimo Día (I.A.S.D). reveló que es una burocracia representativa, una copia del Leviatán — la imagen hobbiana de la máquina estatal que ejerce el poder soberano. Para crear su leviatán, la I.A.S.D. usó el modelo ofrecido por la sociedad norteamericana.

El poder soberano, capaz de coordinar y agregar los miembros en un cuerpo social único, es atribuido a la Asociación General, que lo ejerce a través de una máquina de administración centralizada, jerarquizada y burocratizada.

La I.A.S.D. declara abiertamente que su forma de gobierno es la representativa. Pero, como suelen hacer las sociedades democráticas occidentales, esconde que la función administrativa es burocrática. Y hace esto para no dejar transparecer las contradicciones entre burocracia y representación política, y, principalmente, las discrepancias de estas con las bases cristianas.

Max Weber demostró que la burocracia es un “instrumento de dominación de primer orden”. La naturaleza dictatorial del poder burocrático vacía el sistema representativo de su sentido. Por esto, ninguna forma de gobierno declara abiertamente ser burocrática, aunque lo sea. Estados e iglesias acostumbran ocultar la burocracia atrás de la democracia o de formas tradicionales de gobierno eclesiástico.

El hecho de que la organización adventista es una organización de dominación no puede aparecer, pues sería motivo de escándalo para una comunidad que piensa estar unida por fuerzas espirituales — Jesucristo, su Palabra y la acción del Espíritu Santo.

Encubre el hecho de ser una copia del Leviatán, presentando una versión teista de la organización —cuyo antecendente es la arcaica “doctrina de los dos mundos”— que afirma haber usado el mundo divino como modelo de organización. El examen de esa versión teista reveló que ella está repleta de dislocaciones conceptuales que generan confusiones y equivocaciones.

Para crear su leviatán, la I.A.S.D. substituyó conceptos neotestamentarios por conceptos políticos: substituyó servir por poder, fe por racionalismo, organización evangélica por organización de dominación, instrucciones de Jesús por normas administrativas, la matriz bíblica amor/solidariedad por la matriz orden/obediencia del Estado.

La organización de la I.A.S.D. no responde positivamente a la exigencia de Jesús de que sus seguidores constituyesen una nueva relación social, fundada en el concepto “servir”, resultante de la renuncia del poder en favor del amor (Mat. 5.32-42; Mar. 10.42-45; Juan 13:34-35). Y más, subvierte el concepto “servir”. Es función de la organización servir a los miembros de la Iglesia. Cuando los miembros de la Iglesia existen para servir y sustentar a la organización, como acontece en la I.A.S.D., ella se transforma en un monstruo.

También subvierte la cuestión que Jesús considera primaria y decisiva cuando dice: “Buscad, en primer lugar, el reino de Dios...” (Mat. 6:33). En vez de buscar el reino de Dios, la I.A.S.D. buscó el Leviatán para constituir un reino de autoridades eclesiásticas. La ironía: en vez de ser portavoz de la nueva relación social exigida por Jesús, la organización de la I.A.S.D. se volvió portavoz de las relaciones de poder del Leviatán.

La forma de gobierno de la I.A.S.D. es ambigua y contradictoria. Una cosa es su base en el ideal del cristianismo; otra cosa son la forma y los mecanismos institucionales puestos en acción para alcanzar ese ideal. En realidad, lo que la I.A.S.D. hizo fue erradicar y desvincular la forma y los mecanismos institucionales de sus bases cristianas, vinculándolos a las bases de la civilización occidental, a fin de realizarse de una forma social homogenea con la sociedad ambiente de su origen.

Una cuestión que no fue examinada y dejo para que alguien interesado la estudie, es la contaminación de la I.A.S.D. por la ideología del capitalismo moderno, que seguramente ocurrió al usar la sociedad norteamericana como modelo de organización. El examen de esta cuestión revelará otros aspectos en los cuales la organización adventista subvierte sus bases cristianas. Queriéndolo o no, al usar la sociedad norteamericana como modelo de organización, la I.A.S.D. se transformó en un “instrumento ideológico” del Estado norteamericano.

¿Es posible enfrentar y derrotar el leviatán adventista?

Se trata de una tarea muy difícil. Existen poderosos obstáculos que protegen el monstruo. Voy a mencionar los principales.

Primer obstáculo: la desburocratización es practicamente imposible. La burocracia posee fuertes mecanismos de supervivencia. Veamos lo que Max Weber (págs. 264-265) dice en ese sentido:

“Cuando se establece plenamente, la burocracia está entre las estructuras sociales más difíciles de destruir. La burocracia es el medio de transformar una ‘acción comunal’ en ‘acción social’ racionalmente ordenada. Por lo tanto, como instrumento de ‘socialización’ de las relaciones de poder, la burocracia fue y es un instrumento de poder de primer orden — para quien controla el aparato burocrático.
En igualdad de las demás condiciones, una ‘acción social’ metódicamente ordenada y realizada, es superior a cualquier resistencia de ‘masa’ o aún de ‘acción comunal’. Y, donde la burocratización de la administración fue completamente realizada, una forma de relación de poder se establece de modo prácticamente inabalable”.


Segundo obstáculo: una de las características de los adventistas es subestimar la política. Forman comunidades que carecen de fuerza política. Por eso, generan un vacío político que favorece la dominación de las autoridades eclesiásticas. Porque la mayoría de los pastores, obreros y miembros laicos fueron creados y domesticados por el leviatán adventista, ellos no cuestionan la existencia de ese monstruo. Por otro lado, la participación directa de los laicos en el proceso decisorio es más en las congregaciones locales y termina en las Asociaciones. Y tal participación está reglamentada y es conducida por las autoridades eclesiásticas, lo que evita cualquier desliz de los engranajes de la máquina administrativa. Los otros niveles de administración son el reino de los mandarines, inalcanzable por miembros laicos y pastores distritales.

Tercer obstáculo: la propensión del leviatán adventista es la misma del Estado: atomizar el cuerpo social en individualismo. Y el individuo alienado, aislado es un ser debilitado. La poca o ninguna participación efectiva de las bases en la administración de la I.A.S.D. favorece la continuidad del despotismo administrativo.

Cuarto obstáculo: el “creo en la organización de la I.A.S.D.” del voto bautismal transformó la organización de dominación en artículo de fe. Nada es más temible que eso, porque, si para el Estado la desobediencia a la ley es crimen, para las autoridades eclesiásticas la desobediencia a sus normas es sacrilegio.

Quinto obstáculo: el ufanismo que hace la I.A.S.D. presentarse como siendo la única Iglesia verdadera. (Todas las demás reciben el rótulo de “apostatadas”.) De esto, la mayoría de los miembros concluye que la forma de gobierno de la I.A.S.D. también es “la verdadera” y se eximen de cuestionar el sistema. Pero la verdad es esta: ninguna otra denominación cristiana se apartó tanto de los patrones evangélicos al constituir su forma de gobierno como la I.A.S.D.

Sexto obstáculo: los medios de coerción. Voy a dar un ejemplo notable de los medios de coerción de que disponen las autoridades eclesiásticas: el aislamiento de Elena G. de White en Australia — el lugar más distante, al otro lado del mundo, que la Asociación General encontró en 1891 para mantenerla apartada del principal centro administrativo de la I.A.S.D. y de sus líderes. (Ver C. Mervyn Maxwell, História do Adventismo, 1982, pág. 265 y siguientes).

Los motivos de su aislamiento en Australia fueron estos: 1) ella combatía el exceso de centralización y el “poder regio” (poder despótico) que se arrogaban los dirigentes; y 2) su autoridad carismática constituía la antítesis de la autoridad legal y racional, típica de la burocracia moderna.

Ella no deseaba ir para Australia. Era viuda y con 63 años de edad. Pero fue. No tenía otra salida, pues ella misma había enseñado que Dios expresaba Su voluntad a través de la Asociación General. En 1901, recién llegada de vuelta a los E.U.A., ella tuvo que enfrentar la Asamblea de la Asociación General en Battle Creek. Sus palabras revelan el clima que esperaba encontrar: “Yo no deseaba ir a Battle Creek. Temía que las cargas que yo tendría que soportar me costasen la vida”. (Ver también General Conference Bulletin, 1901, pág. 43). En esa Asamblea, ella defendió “una reorganización” fundada “en un principio diferente” del poder regio — “el amor como el que Jesús nos reveló”.

Desde los comienzos, la I.A.S.D. tuvo la tendencia a desviarse del “orden evangélico” defendido por los pioneros. Declaraciones como las que se encuentran en las páginas 319-327 (versión portuguesa) de Testimonios para Ministros y Obreros Evangélicos, indican que Elena G. de White era contraria a la administración autocrática. Recomienda que las decisiones sean tomadas en “comisiones de consejo”. Defiende la idea de que los dirigentes deberían actuar como “consejeros” y no como “autoridades”.

He aquí un ejemplo de los consejos que daba a los dirigentes:

“En vez de luchar para preparar reglas y reglamentos establecidos, mejor sería que estuvieseis orando y sometiéndo a Cristo vuestra voluntad y vuestros caminos. Él no se agrada cuando hacéis difíciles las cosas que Él hace fáciles. (...) El Señor Jesús ama a Su herencia; y si los hombres no pensasen ser su especial prerrogativa prescribir reglas para sus compañeros de trabajo, sino que apliquen las reglas de Cristo en su vida siguiéndole las lecciones, entonces cada uno será ejemplo, y no juez”. (pág. 192).


Seguir tales consejos significaba y aún significa quebrar la espina dorsal del leviatán que los dirigentes adventistas estaban creando — la elaboración de normas, indispensable para el ejercicio del poder burocrático.

Si ni Elena G. de White estaba exenta de experimentar los medios de coerción del leviatán adventista, imagine el lector lo que puede acontecer con cualquier otra persona que tenga la osadía de desafiar al monstruo... Los obreros saben de lo que son capaces esos medios de coerción.

Séptimo obstáculo: para la elite administrativa dominante de la I.A.S.D., Dios es una abstracción increíble, que funciona como una especie de caución enteramente moral de la subjetividad, sin presencia y sin consistencia de Dios. Ella cree que la esencia del orden es divina y reduce Dios a esa esencia. Da a entender que esa esencia divina se manifiesta de forma concreta en la máquina de administración, y que si ella (la elite dominante) no se importa con la máquina de administración, la obra de Dios no se realizará.

Dios es alejado de la organización adventista de otras maneras. Una de ellas consiste en abusar de la doctrina cristiana. Esta quiere tomar la elite dominante a su servicio. Pero es la elite dominante que toma la doctrina cristiana a su servicio. Esa elite sigue el método de los fariseos: aparentemente cela por la doctrina, pero la manipula en provecho propio con una perspicacia sin límites. Ignora los mandamientos totales de Dios y crea mandamientos menores que presentan aislados aislados, pues los mandamientos totales amenazan gravemente sus intereses egoistas.

En el fondo, la elite dominante no se interesa por Dios, sino por el poder que puede ejercer, por el prestigio que obtienen de los cargos que ocupa. Luego, no existe argumento bíblico o testimonio de Elena G. de White capaz de persuadirla a cambiar sus métodos y su comportamiento administrativo.

Aun cuando ese comportamiento esté lejos de ser general, él descubre una discrepancia entre lo que los dirigentes adventistas son y lo que aparentan ser. De esa forma se engañan a sí mismos y a los otros, pues su voluntad de dominación en nada presenta lo que el Maestro es, y no sirve para que los otros interpreten su situación siempre de nuevo a partir de Jesús, obteniendo también con eso siempre nuevos aspectos de su persona que correspondan a la estructura del reino de Dios.

Ya que el leviatán adventista es practicamente indestructible, ¿qué es posible hacer para reducir su poder sobre los miembros de la I.A.S.D.?

El problema propiamente político de la I.A.S.D. consiste en saber quién la gobierna, cómo son reclutados los que la gobiernan, cómo el poder es ejercido, cuál es la relación entre los que gobiernan y los gobernados. Por lo tanto, lo mínimo que se puede hacer es escoger los jefes menos peores, o el tipo de jefatura que se considera la más coherente posible con la naturaleza de la Iglesia.

Lo que hace el poder del leviatán adventista infinitamente peligroso no es el hecho demandar, controlar, sino el hecho de que puede adueñarse completamente de la I.A.S.D., y privar a sus miembros de cualquier iniciativa, hasta del deseo de tomar una iniciativa. Max Weber (pp. 31-32, 260 y siguientes) percibió que las órdenes y prohibiciones de las organizaciones autoritarias dejan a los individuos, sujetos a ellas, incapaces de autodirección. También percibió la eficiencia grandiosa del hombre libre, creado por las asociaciones voluntarias, en las cuales el individuo tiene que probar su igualdad con los otros, su capacidad de decisión autónoma, su buen sentido y su actitud responsable, en vez de su capacidad para acatar las órdenes de autoridad. Por tanto, los miembros laicos de la I.A.S.D. estarán menos sometidos a la dominación del monstruo si forman asociaciones voluntarias, cuyas actividades se realicen fuera de las instituciones adventistas. Conviene recordar lo siguiente: la Iglesia es, en tesis, una asociación voluntaria, y los seguidores de Cristo deberían ser hombres libres.

La gran ironía constatada en nuestro análisis es: la I.A.S.D., que debería ser un agente de la libertación en Jesucristo, se transformó en una máquina de dominación.

Termino con el consejo siempre oportuno del apóstolo Pablo: “Cristo nos dio libertad para que seamos libres. Por lo tanto, manténganse ustedes firmes en esa libertad y no se sometan otra vez al yugo de la esclavitud” — Gálatas 5:1.


*Edegard Silva Pereira, concluyó la enseñanza secundaria en el Instituto Adventista de Uruguay. Se tituló en Teología en el Colegio Adventista del Plata, Argentina. En 1965 dejó su país, el Uruguay, para ejercer la actividad pastoral en Brasil. Fue pastor en los distritos de Castanhal, PA; Macapá, AP; Presidente Prudente, SP; Freguesía do Ó, Vila Matilde, Casa Verde, Ipiranga y Brooklin Paulista en la ciudad de San Pablo. Hizo un masters en Ciencias de la Religión y en Comunicación Social en la Universidad Metodista de San Pablo. Pocas personas se han dedicado, como él, al estudio de la organización de la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Este trabajo es el resultado de más de tres décadas de experiencia, reflexión e investigación.