Thursday, January 14, 2010

Ali Agca, dispuesto a forrarse

Tras su liberación, prevista para el 18 de enero, el hombre que intentó asesinar al Papa intenta rentabilizar su fama y cobrar por actuación





JUAN VICENTE BOO Actualizado Domingo,
10-01-10 a las 13 : 01

Ali Agca siempre ha vivido del crimen, y piensa seguir haciéndolo en cuanto salga de la cárcel. El asesino a sueldo que estuvo a punto de matar a Juan Pablo II el 13 de mayo de 1981 es un experto en hacerse publicidad y espera ahora rentabilizar su «hazaña» con el cálculo de que los criminales famosos cotizan bien en la televisión basura y en diarios amarillos de medio pelo.

Tras su liberación, prevista para el próximo 18 de enero, Agca (50 años) sueña con convertirse en «famoso» a costa de sus crímenes: «famoso» dispuesto a cobrar por actuación. Incluso sueña con una película y con cerrar contratos por varios millones de dólares. Sus abogados han anunciado que el antiguo pistolero a sueldo terminará de cumplir la condena por el asesinato del periodista Abdi Ipekci el 18 de enero, fecha en la que abandonará la prisión de Sincan en Ankara. Y con ánimo previsor de cara al día en que vuelva a ser libre, Agca ha pedido asilo político en Portugal y en el Vaticano. Y ha manifestado su intención de viajar a Fátima, a Polonia y Roma, donde tiene la intención de visitar la tumba de Juan Pablo II como golpe publicitario de efecto. En esa misma línea de autopromoción, ha anunciado su conversión al cristianismo, y ha expresado su deseo de saludar a Benedicto XVI… Cualquier extravagancia que dé titulares…Y sin haber hecho ninguna declaración pública de arrepentimiento.

El problema con Ali Agca —aparte de la patología de «personalidad antisocial» diagnosticada por las autoridades turcas, que en su día le eximió del servicio militar— es que su palabra no tiene ningún valor. En primer lugar, porque ha mentido continua y contumazmente. Y no sólo el día en que se declaró Jesucristo ante el tribunal que le juzgaba, obligando al juez a expulsarle de la sala.
O cuando, desde su celda en la cárcel, acusó al Vaticano de complicidad en el atentado contra el Papa. El problema de su palabra es que, por más que quiera venderla cara, esta bien poco vale porque Agca no sabe quién estaba detrás de la trama para asesinar a Juan Pablo II. El sólo conoce los últimos eslabones.

Cuando, a principios de diciembre, se anunció la próxima excarcelación de Agca, Joaquín Navarro-Valls, antiguo portavoz de Juan Pablo II, comentó que «Ali Agca no sabe nada más de lo que ya sabemos», y de lo que ha ido saliendo a la luz a lo largo de los sucesivos juicios celebrados en Italia. «Mi impresión es que sabe cosas hasta un cierto nivel, pero por encima de ese nivel no sabe nada», señala.

El histriónico turco, en cambio, sí que puede cotizar alto como hombre-espectáculo. Es el personaje ideal para protagonizar un «reality show» y, desde luego, no le faltarán invitaciones a tertulias de televisión. Según sus agentes, ha recibido peticiones de entrevistas de más de cien diarios, e incluso ha escrito a Dan Brown —autor del «Código Da Vinci»— para escribir juntos un «best seller» de intrigas vaticanas.

Fuentes del Vaticano recuerdan que Agca nunca se arrepintió de haber disparado contra Juan Pablo II. Nunca le pidió perdón. Eso sí, aprovechó la magnanimidad del Papa para hacerse autopublicidad y conseguir el indulto de las autoridades italianas.

En su último libro, «Memoria e identidad», Juan Pablo II recordaba que dos días después de la Navidad de 1983 fue a visitarle a la cárcel: «Hablamos durante largo rato —escribe—. Ali Agca, como saben, es un asesino profesional. Eso significa que el atentado no fue iniciativa suya, sino que fue planeado y encargado por alguna otra persona. Durante toda nuestra conversación quedó claro que Agca continuaba preguntándose por qué el atentado no le había salido bien». Agca no sólo no pidió perdón, sino que manifestó su asombro porque no hubo un desenlace mortal.Sobre quiénes ordenaron el asesinato, Navarro Vallas declara que «Agca no sabe nada más de lo que ya sabemos... Por encima de cierto nivel, no sabe nada»Los tribunales italianos nunca lograron identificar a la persona u organización que tramó el atentado. El mundo era muy complejo en aquellos años. La banda ultranacionalista de los Lobos Grises —a la que Agca se ofreció como pistolero— también llegó a ser utilizada por servicios occidentales. La mafia turca trabajaba para los más diversos intereses. Y Bulgaria, país donde fue entrenado Agca, era un Estado comunista y satélite de la URSS, pero que ofrecía también apoyo logístico a variopintas organizaciones criminales. Juan Pablo II nunca creyó en la «pista búlgara» —que en teoría llevaba a Moscú—, y así lo dijo durante su visita a Sofía en el año 2002.

Ali Agca ya salió una vez de la cárcel, en enero de 2006, y lo hizo exhibiendo un ejemplar de la revista «Time» con la famosa foto de la visita que Juan Pablo II le hizo en 1983 en la prisión romana de Rebibbia. Su liberación entonces fue fruto de un error judicial y duró tan solo unos días. Pero fue interesante la reacción del Vaticano: mutismo absoluto, salvo una declaración de tres líneas para señalar que no había sido informado de antemano y que «ante un problema de naturaleza judicial, la Santa Sede se remite a los tribunales competentes». Un comunicado que reflejaba el interés del Vaticano por mantenerse al margen del caso y, sobre todo, por no contribuir a la continua explotación publicitaria de la «hazaña» de haber disparado contra el Papa.

Juan Pablo II ya había perdonado en público a Ali Agca el domingo 17 de mayo, cuatro días después del atentado, en su primer saludo desde el hospital Gemelli. El pistolero fue luego sometido a juicio en Italia y condenado a cadena perpetua. Pidió clemencia y, con el apoyo de su hermano y de su madre, que fue recibida tres veces por Juan Pablo II, logró que el Papa intercediese por él ante las autoridades italianas. El presidente de la República, Claudio Azeglio Ciampi, le otorgó el indulto en el año 2000, y concedió la extradición a Turquía, donde Agca ha estado cumpliendo condena por el asesinato del periodista Abdi Ipekci en 1979 y otros delitos menores cometidos durante la agitada vida de pistolero y precoz contrabandista que mantuvo antes de que con tan sólo 23 años intentara asesinar al Papa.

Pistolero a sueldo
Agca había comenzado trabajando para bandas criminales en su provincia natal. Después ofreció sus servicios a los Lobos Grises y a la mafia turca, siempre como pistolero a sueldo. Nunca fue miembro y, aun menos, dirigente de ninguna organización. Era un mero peón a sueldo de quien le pagase. Mataba a quien le indicasen.

En julio de 2005, en una de sus miles de entrevistas periodísticas, Agca declaró a un semanario de Sofía que «hasta ahora he contado cincuenta historias distintas pero todas son falsas. Estoy escribiendo un libro en el que diré toda la verdad».Agca alardea de haber contado «cincuenta historias distintas, de las que todas son falsas». También presume de haber sido instrumento del tercer secreto de FátimaQue sus historias eran falsas quedó claro en 1985 ante el tribunal de Roma que le juzgó. Fue cuando Agca se declaró Jesucristo, levanto sus brazos y exclamó: «Esta es la verdad. Yo anuncio el fin del mundo. Todo será destruido». Sus largas horas de lectura en prisión le habían familiarizado con aspectos populares del cristianismo y algunas derivas supersticiosas que el turco explota con maestría. La suya, según el juez italiano Rosario Priore, instructor del caso, «es una locura muy lúcida».

En las entrevistas que ha concedido, el asesino a sueldo se jacta de «ser el instrumento divino del tercer secreto de Fátima». Jamás pierde ocasión de ganar titulares. En febrero de 2004, dos días después de la muerte de sor Lucia dos Santos, la última vidente de Fátima, escribió una carta abierta a Juan Pablo II en la que le invitaba «a revelar al mundo el nombre del hombre que el Vaticano considera el Anticristo, para que la humanidad afronte mejor este momento del fin del mundo». Para colmo, llegó a asegurar al Papa que Dios le curaría el parkinson si revelaba la identidad del supuesto Anticristo.

El 31 de marzo de 2005, durante la agonía de Juan Pablo II, volvió a la carga desde su tribuna habitual del diario «La Repubblica», con un tono especialmente desquiciado: «Algunos miembros del Vaticano creían que yo era el nuevo Mesías. Yo nunca hubiese podido cometer el atentado sin la ayuda de sacerdotes y cardenales», afirmó. Y el 19 de septiembre de 2006, en pleno malestar musulmán por el discurso de Regensburg, aconsejó a Benedicto XVI que cancelase el viaje a Turquía, previsto para noviembre: «Papa Ratzinger, te lo dice uno que conoce bien estas cosas. Tu vida está en peligro. ¡No se te ocurra venir a Turquía!». La carta añade que entre 1980 y 2000 tuvo contactos con varios servicios de espionaje occidentales y con el Vaticano, y se enteró de «secretos increíbles».

Entre ellos, alardeaba de conocer el motivo oculto de la muerte del jefe de la Guardia Suiza, Alois Estermann. Aseguró Agca que «un servicio de inteligencia muy conocido que protegía a Ratzinger asesinó a Estermann en su domicilio en el interior del Vaticano, junto a su mujer y el guardia suizo Cedric Tornay». Era la carta de un mitómano que, sin pensárselo dos veces, terminaba aconsejando: «En definitiva, el Papa Ratzinger, en un gesto de honor, debería dimitir para volver a vivir en paz en su patria. En su lugar debería ser elegido uno de los cardenales del honrado Estado italiano, amigos de la paz y la democracia, como Tettamanzi o Bertone».

El pasado 25 de octubre falleció en Roma Camillo Cibin, comandante de la Gendarmería Vaticana desde 1975 a 2006: 31 años al servicio de tres Papas. Fue un hombre legendario.

El 13 de mayo de 1981, mientras el capitán de la Guardia Suiza Alois Estermann y el inspector general de la policía italiana, Francesco Pasanisi, saltaban al jeep blanco para ayudar al secretario personal del Papa, Stanislaw Dziwisz, a mantener el cuerpo malherido de Juan Pablo II, el comandante de la Gendarmería Vaticana, Camillo Cibin, corría en otra dirección, saltaba la barrera y se lanzaba sobre el agresor para apresarlo. En cuanto el Papa se recuperó mínimamente, Cibin presentó su dimisión por no haber impedido el atentado, pero Juan Pablo II no sólo la rechazó sino que le agradeció su servicio.

Ataque en Fátima
Un año mas tarde, cuando el Papa visitaba el santuario de Fátima para agradecer a la Virgen haberle salvado la vida, Cibin logró parar en el ultimo momento la bayoneta del perturbado sacerdote español Juan Fernández Krohn, quien gracias a aquella acción tan sólo pudo herir superficialmente al Papa, como reveló hace dos años el cardenal Dziwisz después de dos décadas en que la versión oficial era que Fernández Krohn no había logrado alcanzarle.

El desequilibrado sacerdote tradicionalista acusaba a Juan Pablo II de ser un «agente de Moscú». El mundo de los complots está lleno de espejos donde cada perturbado proyecta sus locuras y puede derivar hacia la pista resbaladiza de la violencia. Pero, al menos, la mayoría de quienes han cometido atentados suelen escoger el silencio, en parte por respeto a las víctimas. Agca, en cambio, vive de la publicidad del daño causado a Juan Pablo II aquel 13 de mayo de 1981. Y ahora espera, una vez más, sacar tajada en cuanto salga de la cárcel.
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Fuente: http://www.abc.es/20100110/internacional-/agca-dispuesto-forrarse-201001100430.html
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